Historia del Niño Moribundo
El caso ocurrió en la zona más alta del valle de Locumba, cerca de la laguna de Aricota, allí vivía un niño junto con sus padres, engreído y feliz por la atención y preferencia que estos le prodigaban. Por esa misma condición de preferencia y engreimiento, había condescendencia para todas sus infantiles y caprichosas peticiones, de esta manera cuando su padre cumplía un viaje a los valles vecinos para la práctica de la vigilancia a sus chacras o fundos estaba obligado a cargar con el pequeño para lo cual había necesidad de otra ensilladura. Robusto e inquieto el muchacho no se daba reposo para estar en todas las actividades de su padre, resultando en cierta oportunidad su tierno organismo afectado con fiebres palúdicas las que conforme fue transcurriendo el tiempo pese a todos los medios que acudían para combatir el mal, éste fue haciendo tantos estragos que lo aniquiló completamente ya por efecto de la quinina que ingería como por su estado febril había llegado a tomar un carácter crónico.
Había arribado el niño a los trece años de edad y su estado de postración, por la debilidad de su organismo, casi permanentemente lo obligaba a estar recluido en el lecho. Así parecía condenado a morir en medio del fragor de la fiebre que lo iba aniquilando paulatinamente. No había medio de salvación; la frontera estaba cerrada, las autoridades chilenas no franqueaba el paso de nadie para ingresar a Tacna, ni mucho menos estaba permitido salir de los límites de su administración. Tacna era el lugar donde habían facultativos con capacidad suficiente para tratar esa enfermedad y donde habían también medicinas apropiadas para el caso; pero desgraciadamente no se podían utilizar los servicios de los facultativos de la localidad vecina ni se podían conseguir los medicamentos necesarios. El paciente, pese a toda la voluntad de sus padres estaba condenado a seguir siendo atendido con determinadas porciones de quinina y como consecuencia parecía que su suerte fatal ya estaba echada.
UNA MISTERIOSA APARICIÓN
Como queda anotado larga y penosa era la dolencia que aquejaba a este muchacho. Sus padres acaso habían convenido con los designios y la voluntad de Dios, de ahí que en ellos, según las versiones que se dictan se advertía hasta cierto grado de resignación. Una tarde que el caballero estaba entregado a sus quehaceres de campo y la señora en plan de retribución de visita en casa de algún familiar o vecino, el niño había quedado solo en su aposento, circunstancia en que su estado febril se agravó. Había momentos en que su lecho por efecto de la alta temperatura que lo agobiaba le parecía significar una hoguera. Angustiosos y lastimeros llamados hacía su madre, pero la ausencia de ésta hacía que su voz se consumiera en el espacio; pasaron los minutos y por momentos el muchacho parecía resuelto a entregarse a los brazos de la Parca. Tanto se había agitado y tanta era su desesperación en aquellos verdaderos trances de muerte que decidió abandonar el lecho para hacerse a la ventana y recibir el aire fresco que agitaba el ambiente. Su raquítico organismo cedía cada vez más, ya no respondía al esfuerzo; y entonces acudía a su febril mente el nombre de su madre, pero tal era el estado de su debilidad que la voz se le perdía en sus propios labios. En un supremo esfuerzo dejó el lecho y llegó como enloquecido a la ventana en donde tiró el cerrojo abriéndose ésta de par en par. Violentamente entonces recibió la frescura del ambiente y sus ojos empañados de sudor divisaron en la parte baja, en lontananza los titilantes destellos de un reflejo de luz. Vino luego a la memoria del muchacho la visión de la efigie del Señor de Locumba, creyente como era, musitó una breve oración y luego estimó que había llegado el último instante de su existencia; se abandonó para entregarse resignadamente a la muerte, cayendo desplomado y quedando en esa condición por espacio de varios minutos hasta que su madre vino a procurarle atención.
SE PRODUCE EL MILAGRO
Durante el lapso de inconsciencia en que estuvo sumido el niño paciente llegó a tener algo así como un prodigioso sueño, donde más patente se le hizo la visión del Señor de Locumba. Le parecía que de inmediato recobraba toda su habitual energía a la vez que la alegría que siempre había exhibido en su rostro. De nuevo se sentía fuerte y con voluntad suficiente para secundar la acción laboriosa de sus padres. En ese maravilloso sueño se veía en día de pleno de sol y que el Valle se había transformado en una próspera manifestación de trabajo. Divisaba que desde ese punto que era nacimiento del Valle, corriendo hacia el suroeste semejaba algo así como una maravillosa alfombra verdemar. Desde el lugar donde se encontraba al fondo y en la parte central veía el pueblo de Curibaya, donde se destacaba la Iglesia con sus campanarios blancos como la nieve del Ande, allí estaban la Santa Imagen de la Virgen de la Asunción, Patrona del pueblo, ante quien también se postró emocionado y confuso. Pero los ojos del tierno niño se sobresaltaron cuando dentro de toda esa inmensidad vino a encontrarse con la majestad del Señor de Locumba a quien parecía haberle visto emerger de entre las nubes en un resplandor impresionante. En esta circunstancia es cuando llegó junto a su lado la madre, que afligida y anonadada en confusiones, por la situación en que se encontraba su vástago que, dado el grado de su enfermedad y el estado intensamente febril que acusaba, creyó que el caso ya no tenía salvación, pues, estaba aparente para coger una neumonía de suma gravedad. Presta lo instaló de nuevo en su lecho y lo colmó de atenciones y al retorno del padre le hizo referencia de lo que acababa de acontecer. Para esos afligidos progenitores todo estaba perdido ignorando que la voluntad de Dios, mediaba. Como vinieron a reconocer al día siguiente, cuando el niño después de tener una noche de franco reposo amaneció animado y con una inclinación de franca mejoría. El milagro se había producido: La vida del niño tantos años presa del paludismo, se había salvado.







