Y a él clamamos perdón por nuestros pecados; solución para nuestros álgidos e intrincados problemas. A él, plenos de confianza y fé le pedimos admonición para nuestras culpas y salvación para todas las almas pecadoras en general. A El le pedimos clemencia y misericordia para nuestros hijos. Así unos sesenta años atrás, un feliz matrimonio en el valle de Azapa de la vecina localidad de Arica, tuvo la desgracia de encontrar cierto día a uno de sus más queridos vástagos con sus extremidades dramáticamente recogidas e incapaz para procurarse por sus propios medios atención a sus vitales necesidades.

Y no hay dolor más desgarrador en la tierra, cuando la fatalidad de la desgracia azota al ser querido que es sangre de su sangre. Por esta causa este modesto hogar sintió estremecerse desde sus cimientos con la inesperada enfermedad del niño. Transidos de inmenso dolor demandaron la atención facultativa, no escatimaron gastos por la salvación del hijo querido.

Mas, todo esfuerzo realizado no fructificó en beneficio de la quebrantada salud del niño. Alelada el alma en la desesperación los progenitores del muchacho optaron por clamar piedad a la Divina Providencia y en sumisa peregrinación, como en dramático viaje llegaron hasta el Santuario de Locumba, conduciendo al niño – paciente, acondicionado al lomo de una bestia y allí en su recinto sagrado junto con el pequeño tullido clamaron salvación para esa inocente criatura a quien exhibieron ante el Altar de la sagrada Imagen. El niño haciéndose eco de la desesperante emoción que manifestaban sus padres no pudo resistir el acto y se desmayó. Durante el lapso de varios días hacían su presencia en esa casa de Dios implorando con vehemencia la salvación del vástago. Cumplida la misión el día del retorno formularon la promesa solemne de cumplir la misma peregrinación por espacio de tres años, rodeando a esa despedida un lastimero e impresionante llanto en el que era partícipe también el desventurado enfermito.

Y de acuerdo con la referencia que hace la familia que dió alojamiento al “niño tullido” y a sus padres, se sabe que el año siguiente cumplieron con su presencia en el Santuario trayendo al paciente con visos de acentuada mejoría, a tal punto que ya podía viajar montado a caballo sin la incomodidad ni con el concurso de ayudantes, como motivó el primer viaje.

De la misma manera se conoce que cuando volvió al tercer año, aunque con dificultad ya podía caminar y conducirse por sus propios medios. Se cuenta también que esa familia agradecida al elocuente favor de Dios, plena de recogimiento, estuvo concurriendo por varios años al Santuario de Locumba.

 

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