Paso el tiempo, largos años y ese raro ejemplar se desarrolló excepcionalmente siendo motivo de la mayor atracción de todos. Pero no faltó un labriego incrédulo, como tantos abundan en las diferentes esferas sociales, que hacía manifestaciones de protesta cuando la sencilla gente del pueblo que le rendía veneración a ese maravilloso ejemplar de palmera. Se trataba de un labriego conocido que vivía en Locumba cuyo nombre no obstante el tiempo transcurrido, aún se recuerda. Furibundo un día, y con acres protestas, como para mermar o anular la creencia del vecindario optó por echarle fuego en su base; el grueso tronco de la planta comenzó a ceder paso a la incineración, pero lentamente, hasta que en el espacio de unos cuantos días pesadamente se doblegó, quedando satisfecho el incrédulo de la hazaña que creía haber cometido. Junto con el derrumbe del volúmen de la "Palmera del Señor" , también se vino a producir el "derrumbe" de la vida del hombre que había causado tal efecto, pues su existencia también comenzó a aniquilarse llegando a una postración alarmante sin que hubiera persona entendida o simplemente "curandero" que pudiera determinar el mal que le aquejaba o que pudiera atenuar la gravedad que lo iba consumiendo. Como un prodigio, luego del derrumbe de la palmera, el fuego anidado en su tronco se mantuvo en vigencia y no cesó hasta unos tres meses después y, por rara coincidencia, el hombre incendiario también iba agotando su vida "secándose" como vulgarmente llama la gente del pueblo, hasta llegar su anatomía a un grado de simple osomenta. Y sucedió que cuando la palmera terminó de consumirse el hombre también tuvo el fin de su existencia. Este caso motivó gran revuelo en el pueblo y la generalidad del vecindario lo tomó como un patético castigo del Señor en contra del profano que anuló la palmera sagrada.

 

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