En una fecha de esa celebración no hace muchos años atrás, llegó hasta Locumba con la multitud una sencilla mujer en plan de comercio. Como es costumbre alquiló el sitio. Levantó su ramada o rancho para hacer funcionar su negocio de restaurante y cantina. Sabiendo del intenso movimiento que se prodiga en esa clásica fiesta religiosa, de antemano hacía cálculos de ingente beneficio económico; de hecho procedió a degollar corderos, aves y cerdos que iban a formar el volumen que iba a ser la base de su actividad comercial. Los peregrinos de toda condición social llegaban hasta ese transitorio establecimiento para satisfacer sus necesidades saboreando las buenas viandas de su preparación. Todo se desarrollaba normalmente, la demanda era fuerte y la animación de la mujer conductora de ese ocasional negocio manifestaba un rostro risueño y alentador, ocultando bajo esa faz radiante lo que verdaderamente bullía en su interior: La maledicencia azuzada acaso por el "demonio", Y todo iba tan bien que era imposible predecir lo que a la postre; poco después iba a llegar a ocurrir.

LE FALLARON LOS CALCULOS

Después de la faena operatoria de la mencionada comerciante que había llegado sin ápice de creencia en la bondad de Dios, cuando finalizó la trayectoria de la solemne fiesta, con la misma premura de su instalación, también aligero sus bultos para disponerse al retorno de su lugar de origen. Dispuesto así todos sus efectos y pertenencias; dispuesta también su voluntad para conocer el provecho económico que de su gestión había logrado, práctico cálculos, trazo rudimentarios números y se engolfó en todas las operaciones propias que eran necesarias para conocer su producto de beneficio. Empero, el caso no le acomodó a su satisfacción, porque sencillamente el resultado no se ceñía a los cálculos que su ambiciosa intención había estimado. Pronto su faz se mostró írrita. Su aspecto risueño y gentil desapareció mostrándola entonces en toda la expresión de la verdad como era su persona. Presa de desesperación se llegó a mera los cabellos, se sulfuró descaradamente y procedió de nuevo a la revisión de sus cuentas; pero la verdad estaba clara e incontrovertible: sus cálculos sencillamente le habían fallado.

NO QUERÍA LLEVAR NI EL POLVO

Violento el ánimo y en furibunda acción dispuso que rápidamente le cargaran sus pertenencias en el camión que tenía contratado para el efecto. Ella misma ayudaba en la faena vociferando en grosera expresión que quería salir cuanto antes de ese pueblo que le había venido a mostrar que no servía para nada y que la festividad religiosa no respondía a los grandes sacrificios que demandaba el viaje para venir del lugar que ella lo hacía. Se dice que en su irónica actitud llegaba hasta el extravío, tanto que se permitía hasta deshonestos agravios en contra de Nuestro Señor, llegando a herir con este motivo la susceptibilidad del pueblo locumbeño. Sin embargo, una vez más quedo de manifiesto el pacífico temperamento de ese vecindario, pues nadie protestó contra ella ni nadie se permitió observarle, por no exponerse a las graves vulgaridades de la furibunda y atrevida mujer. Así llegó el momento de la partida y como un postrero adiós al pueblo, cuna del santuario, profirió nuevas repudiables interjecciones; y en estas circunstancias , cuando ya tenía un pie en el estribo del carro con cruel ironía y como un decidido insulto a Locumba, enérgicamente sacudió sus faldas para en tono de gran desaire, decir: "No quiero llevar ni el polvo de este pueblo...!!" y luego agregaba otras interjecciones y finalmente: "No volveré, no volveré, nunca más...!!" Pero la situación ya estaba determinada. El carro partió con destino a Moquegua normalmente, ocurriendo que al llegar al lugar que se conoce con el nombre de "Piedra del Sapo", donde hay una pequeña quebrada repentinamente el vehículo quedó recostado debido a que una de las llantas delanteras se había hundido en el relleno de tierra que franqueaba el paso. Todos los pasajeros resultaron ilesos excepto la mujer comerciante que resultó gravemente herida. Sin perdida de tiempo se le prestó atención, para enseguida trasladarla de manera urgente a Locumba, lugar al cual momentos antes había prometido no volver a retornar en su vida. Practicada la curación de emergencia la instalaron nuevamente en el carro para que prosiguiera el viaje a su destino. Dos horas después durante las cuales tuvo que expíar dolorosos sufrimientos, al llegar al Puesto de Control de Montalvo, dejaba de existir. La manifestación popular de las gentes atribuye el caso a un castigo del Señor.

 

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